Terça-feira, 11 de Maio de 2010

Cantar em ladino, como cantar em oliventino...?

O ladino é uma língua quase exinta, mas ainda se canta:

 

11/5/2010 Edición Impresa LA HERENCIA CULTURAL DE LOS JUDÍOS EXPULSADOS DE ESPAÑA |RENACIMIENTO LADINO

Una israelí interpreta con nuevos ritmos e influencias las canciones sefardís que su padre logró rescatar

  1. El judeoespañol tiene ya solo unos 100.000 hablantes
Emotiva. La cantante israelí Yasmin Levy, en un café del barrio de  la Colonia Alemana, en Jerusalén. Foto: RICARDO MIR DE FRANCIA
Emotiva. La cantante israelí Yasmin Levy, en un café del barrio de la Colonia Alemana, en Jerusalén. Foto: RICARDO MIR DE FRANCIA
RICARDO MIR DE FRANCIA
JERUSALÉN

«Yo soy vieja desde los 12 años. Soy una persona muy feliz con un corazón lleno de tristeza».

En persona, Yasmin Levy se parece mucho a sus canciones. Es intensa y emotiva, sensual y poética. Al mismo tiempo despliega una naturalidad y un sentido del humor muy alejados de los manierismos que algunos críticos le achacan sobre el escenario. «No sé posar; nunca podré ser una estrella», dice riendo. A sus 34 años, esta israelí ha logrado hacerle un hueco en la cultura popular a una lengua casi extinta, el ladino de los judíos expulsados de la España medieval. Su música es tan trágica y hermosa como la historia que esconde detrás.
La pasión de Yasmin por el ladino o judeoespañol hay que rastrearla en los rincones de su vieja casa familiar. Su padre, el etnomusicólogo Yitzhak Levy, nacido en Turquía en 1919, dedicó su vida a recorrer Israel registrando las canciones de los judíos sefardís. Unas eran romanzas, cantadas por las madres a las hijas en el hogar. El resto, canciones litúrgicas, entonadas por los hombres en la sinagoga. «Mi padre comprendió que había que salvar las canciones porque la lengua se moría. Durante más de 30 años fue casa por casa anotando las letras y las melodías. Acabó grabando miles de canciones. Esa fue su vida», recuerda en un café de la Colonia Alemana de Jerusalén.
Cada una de aquellas canciones, transmitidas oralmente y cantadas a capela, guarda un pedazo de la historia de los judíos expulsados de la península Ibérica por los Reyes Católicos en 1492. «No pudieron llevarse nada consigo más que la lengua y sus canciones», cuenta Levy con un deje de nostalgia, como si hubiera sido testigo de aquel éxodo. La comunidad se dispersó por los países de la cuenca mediterránea y los Balcanes, hasta que la llamada del sionismo o el Holocausto empujó a muchos de ellos a emigrar a Israel. «El judeoespañol fue mezclándose con términos de las lenguas de los países donde se asentaron, y así nació el ladino».
Esa lengua arcaica, no muy distinta al castellano antiguo para el oído profano, acabó convirtiéndose en la materia prima de su trabajo. En sus cuatro discos de estudio, Yasmin recupera muchas de las viejas canciones en ladino rescatadas por su padre y las actualiza con nuevos ritmos e influencias. Bucea en la música turca y árabe que escuchó creciendo en su adorada Jerusalén, de las coplas de su ídolo Antonio Molina –«conocí su música con 17 años y cambió mi vida»-- o de su último flechazo, el flamenco, que aprendió estudiando becada en Sevilla.

«Nunca cambio las letras o las melodías porque no tengo derecho, pero sí intento que suenen jóvenes y actuales. Si las cantara a capela, como originalmente se concibieron, nadie me escucharía», explica durante una de las pausas de su gira mundial. Su último disco, Sentir, lo ha producido el mago de la fusión, Javier Limón, productor de músicos como Paco de Lucía, Bebo Valdés y El Cigala o Enrique Morente. «El flamenco le aporta a mi música la pasión y el fuego que no tiene la música sefardí. Yo soy la hija bastarda de esa música», bromea.
Tras casi una década de carrera, Yasmin Levy ha logrado que los críticos dejen de considerarla un exotismo para señalarla como uno de los activos con más futuro de la llamada música del mundo. No deja de ser paradójico, porque esta mujer apegada a la tristeza, donde dice sentirse feliz, hizo todo lo posible para no dedicarse nunca a la música. «Mi padre le dijo a mi madre que todos sus hijos debían tocar el piano, pero nunca dedicarse a la música. Quería que fuéramos médicos, abogados o ingenieros…».

 

Críticas
Yasmin lo intentó. Llegó a abrir con 22 años una clínica de reflexología. Pero un día se cansó. «Con todo el respeto hacia mi padre, decidí que había nacido para cantar». Al elegir el ladino como vehículo de expresión, tuvo que enfrentarse a las críticas de la comunidad sefardí en Israel. «Para ellos es una música sagrada y me decían que estaba destruyendo la lengua».
Su intención era la opuesta. Alargar la vida a una lengua que hoy tiene apenas 100.000 hablantes y un futuro poco halagüeño, en parte, por su propia idiosincrasia. «Esta es una lengua de secretos, que los padres usaban delante de los hijos cuando no querían que entendieran de qué hablaban», dice Yasmin. «Yo siento que he ganado una batalla al mantener viva la música sefardí, pero no sé que pasará con la guerra. Mi generación ya no habla ladino y en unos años solo quedarán las canciones».

 

http://elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=712484&idseccio_PK=1007&h=

Publicado por AG às 18:02
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