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ALÉM GUADIANA

Associação Além Guadiana (língua e cultura portuguesas em Olivença): Antigo Terreiro de Santo António, 13. E-06100 OLIVENÇA (Badajoz) / alemguadiana@hotmail.com / alemguadiana.com

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O manhego (a fala) no "Hoy"

AG, 15.09.09


EL PAÍS QUE NUNCA SE ACABA POR

La 'boiga' mañega de Celedonio

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La 'boiga' mañega de Celedonio
Celedonio escancia vino blanco en un decantador y se dispone a ofrecer el tesoro de su 'boiga' a los invitados. / ESPERANZA RUBIO
 
Llegamos enseguida y aparcamos a la entrada. El termómetro marca 25 grados, cuatro menos que en Cilleros. Sombra fresca, casas de piedra y un silencio que solo rompen sonidos pertinentes: cuatro paisanos que charlan en un poyo, una manguera que riega, un martillo que golpea, una mamá que llama a su niño y un viejecito que dice que se va a Moralexa, una equis que se pronuncia muy fricativa, dejando salir un poquito de aire entre la lengua y el paladar.

Entre la peculiar manera de nombrar a Moraleja y los carteles de las calles (Calli Correira, Campariu, Plaza Maior, Calli A Palla), uno se percata enseguida de que ha llegado a un pueblo distinto, con una seña de identidad lingüística que lo singulariza y llena de orgullo, aunque no haga causa política de ella.

Subimos por una 'calli' camino de la plaza y nos sale al camino Celedonio. Acaba de estacionar su tractor con su remolque y está descargando una partida de uvas. «Estoy vendimiando porque si no, se me secan los racimos. Pero suban, suban, vengan a echar un trago de vino», invita. Celedonio está trasegando el mosto. Es vino para casa, unas tinajas nada más.

Un jamón de jabalí
En San Martín de Trevejo, medio pueblo anda liado estos días de septiembre con el trasiego del vino. Lo hemos visto mientras paseábamos: en el bajo de muchas casas, un cartel anuncia la existencia de una 'boiga' o bodega donde el vino nace, duerme y se bebe en compañía de los amigos y de buen queso y mejores embutidos. Celedonio nos lleva a su 'boiga' y nos muestra orgulloso sus poderes: un gigantesco jamón de jabalí, o al meno eso dice él, y las viejas tinajas.

De una de ellas escancia un vinillo blanco y fresco en un decantador, nos lo sirve en unos vasos y la mañana mañega se anima. A los de San Martín de Trevejo les dicen mañegus. Marisa, la mujer de Celedonio, también es mañega y sale a saludar. «Yo no bebo vino, pero vendimio y ayudo, es a él al que le gusta», aclara. Celedonio sonríe y posa para la foto aunque esté sin arreglar: «Estoy como los trabajadores del campo, pero así es el trabajo».
En una mesa, dos racimos de uva moscatel invitan a picotear. «Esas son de mesa, buenísimas». Es cierto, empiezas de una en una y acabas como Lazarillo con el ciego, a puñados. A Marisa, más que el vino, le preocupa el agua. Ya habíamos notado nada más llegar a San Martín que faltaba un ruido, o mejor, un rumor: el del agua brincando en los regatos de las calles. «Esto no se había visto nunca en San Martín, que no haya agua. Aquí tiene que llover en diciembre y después, en enero, si no, no hay agua por las calles y este año ha venido muy seco. Tenemos para beber, pero en los regatos, ni gota».

No se sabe qué sería mayor tragedia en San Martín de Trevejo, si la falta de vino o la falta de agua. Sus 937 habitantes están habituados a estas dos tradiciones del regato y la vendimia. La tercera tradición poderosa es A Fala, un dialecto considerado científicamente como gallego-portugués medieval que emplean todos los mañegus, sean niños o mayores.

Cuando vayamos un rato después a comer al restaurante Los Cazadores/Us Cazadoris, notaremos quién es del pueblo y quién forastero porque las camareras, a los nativos, les ofrecen 'polo' y 'sopa de allu', y a los turistas, pollo y sopa de ajo.

El wi-fi y A Fala
A Fala ha sido declarada Bien de Interés Cultural por la Junta de Extremadura y sorprende su vitalidad: a pesar de la tele y otras contaminaciones, el dialecto sigue vivo y, sobre todo, se emplea con una ejemplar naturalidad. En el pueblo, los carteles indicadores y las placas de las calles están rotulados en castellano y en A Fala y en la plaza del ayuntamiento, los jóvenes aprovechan el wi-fi municipal para, sentados en los soportales, comunicarse en el lenguaje del chat con sus colegas de Coria o Barcelona. Pero al instante, cambian de registro y dicen 'porta', 'medo', 'chavi' o 'chover'.

Dejamos a Celedonio con su vino y su jamón de jabalí y seguimos paseando por calles estrechas y frescas, entre casas de piedra, 'boigas', fuentes y pilones. La plaza, el barrio judío, la casa del comendador, la iglesia... El paseo es agradable, no cansa ni agobia. Caminas, miras, te detienes, te asombras, te aventuras por esta calleja sin salida, por aquella calzada romana que asciende...

Las gentes son hospitalarias. Una señora entabla conversación e invita a tomar algo en su casa. Un caballero charla sin reparo de su vino y de su historia personal e invita a otro trago. Pero hay que resistir las tentaciones de las 'boigas' para que no sucumba el entendimiento y no se nos escape detalle de la visita.

El deambular callejero acaba en la 'Plaza Maior', donde hay varias terrazas para entretener el hambre. Después se puede escoger entre varios restaurantes para comer: Los Arcos, en la plaza; la Boiga de Cumias, a un paso de la plaza, bajando por la panadería; Los Cazadores, en la ronda que rodea el pueblo por el sur; el Ponti Grandi, en la carretera que lleva a Eljas, y hay otros como el Mesón el Monasterio, El Vallito o incluso la hamburguesería, con su terraza a la entrada del pueblo.

Crece el turismo
El turismo crece en San Martín de año en año. Ya hay cuatro casas rurales y un magnífico hotel rural con spa llamado El duende del Chafaril, que se ha convertido en una de las mejores ofertas hosteleras de la Sierra de Gata. Aunque lo que acabará de lanzar el turismo mañegu es la futura hospedería que construye la Junta.

Tras un parón para respetar unos hallazgos arqueológicos, las obras continúan y en el pueblo aseguran que se inaugurará pronto. Desde fuera, la imagen es tentadora: un hotel de lujo en un convento franciscano del siglo XVI fundado por recomendación del propio San Francisco de Asís, que, según la tradición, pasó por el inmediato alto de Santa Clara en 1214, se fijó en el ameno lugar y sugirió que se levantara allí el convento. Acaban de ser licitadas las obras para la urbanización del entorno y los accesos a la hospedería y se supone que dentro de algo más de un año podría inaugurarse.

El turismo se ha convertido en uno de los pilares económicos de este pueblo, que siempre ha dependido del olivar, la vid, el castaño y el ganado. A ello contribuye Rita Román, la encargada de la oficina turística. Rita es una chica de Vegaviana que explica el pueblo maravillosamente y te lo hace vivir antes aún de recorrerlo.

Hay que visitar San Martín para disfrutar de las 'boigas', las calles, los regatos, cuando vuelva el agua, la naturaleza... San Francisco se percató de ello hace 800 años y los monjes budistas se han percatado hace nada, pero ya han realizado visitas al municipio con la intención de erigir en él un monasterio o casa de retiro para los seguidores de Buda.